miércoles, 15 de junio de 2022
El chico de los miércoles
miércoles, 16 de octubre de 2019
Star treatment
Me jodiste la semana. Cada una de las mañanas que me quedaban por verme amanecer en esa habitación llena de abejas, cerré la puerta de la verja temblando de miedo. Porque sabía que, hiciera lo que hiciera, el fantasma de tu despedida estaría esperándome en cuanto mis ojos tropezaran con esa bocacalle.
Qué digo, me jodiste el mes entero. Me jodiste el verano. Hasta me jodiste el año. ¿Y sabes por qué? Porque yo estaba segura que, cuando me alejara de ese parque, cuando dejara atrás la calle y la ciudad que aprendí a amar como un hogar del que tú nunca llegaste a formar parte del todo, se habría acabado. Estaba convencida de que en el momento en que cogiera el último vuelo que llevara tu nombre, me secaría los ojos y me desharía de tu espejismo para siempre. Pero no. Claro que no.
En realidad, fue bastante impresionante. Me fascina la facilidad que tenías para colar tu recuerdo en sitios en los que tú ni siquiera habías estado. En cada esquina que giraba, me encontraba con tus manos en los bolsillos. Todas las noches, al apoyar la cabeza en la almohada, mis ojos se encontraban atrapados en tu mirada -¿cómo es posible recordar una mirada con tanto detalle?- y te prometo, te juro, que casi podía sentir el frío emanando de tu piel. Un par de veces llegué a alargar la mano para acariciar el arco de tu mandíbula, como aquellos sábados por la mañana, solo para encontrarme con los dedos golpeando la pared de mi dormitorio.
Entraba en la oficina y sentía tus ojos en la nuca mientras me movía entre las mesas. Porque te aseguro que, en parte, estabas ahí, junto a la cafetera, observándome como un fantasma del pasado que nunca quise ver pasado de moda. Ni siquiera al subirme al puto metro tenías la decencia de dejarme tranquila. Y durante meses supe que, en el momento en que me sentara en el vagón, levantaría la mirada para encontrarte relajado en la fila de asientos de enfrente. Tenía la certeza de que me toparía con tu sonrisa más discreta, la misma con la que me dijiste "lo siento, pero no puedo hacer nada para evitarlo".
Te sentía con tanto realismo que estaba tentada de darle los buenos días y las buenas noches a tu fantasma. Hasta que un día me levanté, cogí el metro, giré la esquina, llegué a la oficina. Y comprendí que, por fin, tu recuerdo me había dejado marchar.
lunes, 2 de abril de 2018
Y luego, se resquebrajaron
Me acostumbré a tenerte lejos y a dejar de buscarte al abrigo de las estrellas. Aprendí a dormirme sin tu voz acariciándome el cuello y acordé olvidarme del sabor de tus buenos días.
Dejé de contarte todo lo que se me ocurría; y, de pronto, dejé de tener cosas que contarte. Y por no contar me cansé hasta de contar los kilómetros, las millas y las pulgadas, taché de mi lista negra la distancia y la sustituí por la falta de ganas.
Tanto me acostumbré a tenerte lejos, que me olvidé de necesitar tenerte cerca.
jueves, 2 de noviembre de 2017
¿Y luego?
viernes, 4 de agosto de 2017
¡Pues claro!
-¿No vas a decir nada?
Ahí estaba ella pidiendo explicaciones, haciéndose la enfadada, solo porque le gusta tener razón. No le gusta que le lleven la contraria, y a él tampoco. Los muros más resistentes no están hechos de ladrillo ni de hormigón, los verdaderamente difíciles de romper los componen los silencios, y ellos estaban armando uno a toda velocidad. bloque a bloque, una enorme presa amenazaba con terminar de separarles para siempre.
-No.
Y ahí estaba él, colocando el último componente de esa muralla que habría de cortar los hilos que durante años habían construido. Vendiendo los secretos de diez años a cambio de la satisfacción de la victoria.
Pero nunca hay ganadores cuando se quiebran los esófagos y, casi sin darse cuenta, comenzó a notar una enorme bola ascendiendo por el suyo, cortándole la respiración, cortándole las alas. Se dio la vuelta y comenzó a caminar mientras sentía sus ojos clavados en la nuca. Incrédula. Maternal. Decepcionada. Cabreada.
Y pasarán los días. Él seguirá desayunando en dos minutos y ella seguirá sin peinarse. Él se anudará la corbata mientras ella se queda dormida en la ducha. Él seguirá siendo demasiado orgulloso y ella, demasiado caprichosa. Él hará kilómetros de carretera mientras ella aún tiene los ojos clavados en su nuca, con esa cara que dice: "espero que esto no vaya en serio".
domingo, 16 de abril de 2017
Maldita oxitocina
Y la verdad, siempre me han gustado las montañas rusas. La emoción de la espera en la cola, el "me monto, no me monto", el buscar en mi padre, a mi lado, una figura que me asegure que todo va a salir bien... y acabar en esos noventa segundos de vertiginosa emoción y caídas libres. Pero las montañas rusas me gustan porque la travesía dura eso, noventa segundos. Si te montas en una que dura noventa días, tu dopamina se enchocha de la oxitocina, echan un revolcón de neurona en neurona, tu estabilidad emocional se va a paseo y acabas potando. Claro.
martes, 10 de noviembre de 2015
Stop repeating, please
domingo, 31 de mayo de 2015
Panorámica instantanea
domingo, 1 de febrero de 2015
"No hay mejor skyline que verte tumbada"
miércoles, 26 de noviembre de 2014
Green eyes
jueves, 18 de septiembre de 2014
Yo nunca miento por la mañana
Desde el momento que aprendí a querer, me enseñaron (la letra con sangre entra) que enamorarse significaba volverse endeble. Que tenía que ser más astuta y menos buena, que tenía que medir mis palabras y calcular la longitud de mis miradas. Me dijeron que mis armas de mujer me abrirían más puertas que un derroche absurdo de sentimientos. Porque, a fin de cuentas, los sentimientos no son más que un estorbo a la hora de conseguir lo que deseamos. Me metieron en la cabeza a base de martillazos que el estoicismo sería mi mejor aliado. Y yo, claro, yo me lo creí.
Y después de varios años repitiéndome esta lección como si fuera el catecismo, ¿cómo le explico yo a mi razón que a mi corazón no le apetece seguir sus razones? Cómo va a entender ella que me ría con solo recordar el reflejo de las farolas en tus ojos; o que veinticuatro horas al día, siete días a la semana me saben a poco. Porque todo me sabe a poco. Y es que no se puede entender que las yemas de tus dedos se hayan convertido en mi refugio favorito para las tardes frías.
Que mis sábanas gritan tu nombre en cuanto apago la luz, que mis manos lloran porque echan de menos tu piel y que no se me ocurre mejor plan para un viernes por la noche que dormir en el asiento trasero de tu coche. Que si se me atraganta un te quiero es porque es demasiado cierto, porque es tan cierto que me da miedo que al decirlo salte mi felicidad en mil pedazos como me tiene acostumbrada.
Y al calor de la sonrisa más bonita a este lado del Estrecho de Gibraltar, mi corazón le da razones a mi razón para que se calle, porque lo cierto es que nunca aprendí a querer.
Porque lo cierto es que cada día que pasa haces que me vuelva un poco más endeble.
martes, 8 de julio de 2014
Baile de gatos
martes, 17 de junio de 2014
Gira y gira.
Yo avanzo y tú retrocedes. Tú te acercas y yo me doy media vuelta. Y así, caprichosos como solo sabemos ser tú y yo, jugamos a bailar juntos esta polka rusa, jugamos a acercarnos y alejarnos continuamente como juegan el mar y la orilla. Como los polos opuestos de un imán que gira sin parar. Jamás juntos, jamás separados. Sin pensar que a lo mejor ha llegado el momento de detener el giro y mirarnos de frente, de asumir que ni con toda la dulzura de mis ojos ni con toda la ternura de tus gestos vamos a conseguir ponernos de acuerdo en qué vamos a bailar.






