miércoles, 15 de junio de 2022

El chico de los miércoles

Quién me iba a decir a mí que me iba a ver envuelta en este lío. Yo estaba viviendo una vida tranquila (aburrida, normal y feliz, dirían algunos). Y te tuviste que cruzar, tuviste que dedicarme un miércoles y ponerlo todo del revés. Porque después de ese miércoles llegaron muchos más, y de pronto me encontré que las últimas horas de vida de los martes me las pasaba nerviosa, en la cama, anticipando. Quién me iba a decir a mí que ese día tan insulso, en mitad de la semana, sería mi favorito. Y de repente ya no solo habías conquistado mis miércoles, sino que toda mi semana olía a días contigo o a días con ganas de verte. 

Y es que ni siquiera era miércoles cuando me diste ese primer beso del que siempre reniegas (y que todavía hoy me sigue pareciendo precioso), ni cuando respiramos tantos de esos momentos que ya sé que no podré olvidar. Como aquella noche en que llenaste Madrid con tus historias, que ya la han envenenado entera; los misterios gloriosos en el Retiro; tantas y tantas noches alargando la madrugada en el portal de tu casa; tantas madrugadas alargando la noche en mi sofá; copas en un bar que de noventero solo tiene el nombre; promesas de copas en un bar al que nunca iremos; circular a 80 por Sainz de Baranda en una Kawasaki del 92 (ella no lo sabe, pero Lady Madrid se escribió en su honor); sentirte cerca en una eucaristía; pasar el día en una finca cerca de la Adrada con el único plan de beberme el sol y ya está, pero contigo. 

Y la buena noticia es que queda mucho espacio en el mundo para que contamines mis recuerdos. Muchas calles por las que aún no hemos discutido (¿o era debatido?) y donde no me he hecho la enfadada para que vengas y me abraces y me hagas perder el equilibrio. 

 Y es que mi chico de los miércoles es así: sabe exactamente qué tecla tiene que tocar para llevarme al límite de la paciencia, pero también sabe cómo agarrarme para que no me pierda. Vive en la dualidad: se enciende como pirotecnia valenciana y después interviene su corazón, que es blando y de color rosado, y le obliga a recular. Y a veces se enfada consigo mismo porque ha perdido el control y su razón, esa carta confiable en la que basa el rumbo, ha pasado a segundo plano. Él entiende el mundo con la cabeza y le da sentido con el corazón. Esa dualidad se refleja hasta en sus ojos, que saben mirar con una intensidad en la que deslumbra la inteligencia; y otras veces convirtiendo ese mismo brillo en calor y afecto. Porque también se traduce en su forma de quererme, un momento esquivando con maestría mis dardos de cariño envenenado y al siguiente acariciándome la mejilla con el pulgar, poniendo una pasión y un amor en el gesto que casi me conmueven. Él dice que es tonto pero listo; y todavía me maravilla cómo conviven en él esa distancia que a ratos pone con el mundo y la dulzura casi infantil que sabe derrochar, especialmente cuando juega en casa y a pocos centímetros de distancia. Esos momentos (cada vez más habituales) en los que se desnuda de fachadas y me permite ver, espiando a través del hueco de la cerradura, lo transparente y preciosa que es su alma.

Hoy es un día especial, un día feliz. Sí, hoy también es miércoles.

 



"No quedan sombras del pasado desde que te has acercado, ahora todo es claridad. No quedan penas atrasadas ni quedan puertas cerradas ni nada que derribar"

miércoles, 16 de octubre de 2019

Star treatment

Recuerdo ese día como si hubiera sido ayer. Aunque, francamente, tampoco hace tanto tiempo. Podría tatuarme en la piel con precisión milimétrica el aspecto que tenía tu espalda al alejarse por el callejón, enturbiado por mil despedidas con la mano y por besos entregados al tiempo y la distancia. Los mismos tiempo y distancia que durante tanto tiempo fueron nuestros, y que se encargarían de desgarrarnos vivos.

Me jodiste la semana. Cada una de las mañanas que me quedaban por verme amanecer en esa habitación llena de abejas, cerré la puerta de la verja temblando de miedo. Porque sabía que, hiciera lo que hiciera, el fantasma de tu despedida estaría esperándome en cuanto mis ojos tropezaran con esa bocacalle.

Qué digo, me jodiste el mes entero. Me jodiste el verano. Hasta me jodiste el año. ¿Y sabes por qué? Porque yo estaba segura que, cuando me alejara de ese parque, cuando dejara atrás la calle y la ciudad que aprendí a amar como un hogar del que tú nunca llegaste a formar parte del todo, se habría acabado. Estaba convencida de que en el momento en que cogiera el último vuelo que llevara tu nombre, me secaría los ojos y me desharía de tu espejismo para siempre. Pero no. Claro que no.

En realidad, fue bastante impresionante. Me fascina la facilidad que tenías para colar tu recuerdo en sitios en los que tú ni siquiera habías estado. En cada esquina que giraba, me encontraba con tus manos en los bolsillos. Todas las noches, al apoyar la cabeza en la almohada, mis ojos se encontraban atrapados en tu mirada -¿cómo es posible recordar una mirada con tanto detalle?- y te prometo, te juro, que casi podía sentir el frío emanando de tu piel. Un par de veces llegué a alargar la mano para acariciar el arco de tu mandíbula, como aquellos sábados por la mañana, solo para encontrarme con los dedos golpeando la pared de mi dormitorio.

Entraba en la oficina y sentía tus ojos en la nuca mientras me movía entre las mesas. Porque te aseguro que, en parte, estabas ahí, junto a la cafetera, observándome como un fantasma del pasado que nunca quise ver pasado de moda. Ni siquiera al subirme al puto metro tenías la decencia de dejarme tranquila. Y durante meses supe que, en el momento en que me sentara en el vagón, levantaría la mirada para encontrarte relajado en la fila de asientos de enfrente. Tenía la certeza de que me toparía con tu sonrisa más discreta, la misma con la que me dijiste "lo siento, pero no puedo hacer nada para evitarlo".

Te sentía con tanto realismo que estaba tentada de darle los buenos días y las buenas noches a tu fantasma. Hasta que un día me levanté, cogí el metro, giré la esquina, llegué a la oficina. Y comprendí que, por fin, tu recuerdo me había dejado marchar.



And as your shrinking figure blows a kiss, I catch and smash it on my lips.


lunes, 2 de abril de 2018

Y luego, se resquebrajaron

Me acostumbré a tenerte lejos. Me conformé con esta bendita rutina de pensar en ti como en un fantasma del pasado, de conjurar tus ojos pacientes en el vacío de la noche y rememorar el color de tu risa. Forzando la aceptación, acepté una vida que nunca creí aceptable.
Me acostumbré a tenerte lejos y a dejar de buscarte al abrigo de las estrellas. Aprendí a dormirme sin tu voz acariciándome el cuello y acordé olvidarme del sabor de tus buenos días.
Dejé de contarte todo lo que se me ocurría; y, de pronto, dejé de tener cosas que contarte. Y por no contar me cansé hasta de contar los kilómetros, las millas y las pulgadas, taché de mi lista negra la distancia y la sustituí por la falta de ganas.
Tanto me acostumbré a tenerte lejos, que me olvidé de necesitar tenerte cerca.


jueves, 2 de noviembre de 2017

¿Y luego?


-Nadie te va a querer como yo.
Y en el brillo de sus ojos, cree ver cada grito. Cada malentendido y cada discusión. Llamadas a las tres de la mañana porque cómo va a saber si no que realmente estás en casa. Lanzarse a buscar consuelo en los brazos que la torturan.
Casi le parece escuchar... Palabras, palabras por todas partes. Palabras que la rodean y lanzan de un lado a otro. De la gente que le quiere, de la que no le quiere tanto.
Le tiene delante, ahí. Igual que un niño que, embelesado por la belleza de una mariposa, le corta las alas para hacerla suya. Porque no entiende que su belleza reside en su libertad. Porque no entiende nada. Nadie te va a querer como yo.
Ella aparta la mirada de sus ojos brillantes. De un golpe seco libera el brazo de la tenaza de sus dedos y desea con todas sus fuerzas que él tenga razón.



viernes, 4 de agosto de 2017

¡Pues claro!

Ahí estaba ella. Ella y esa cara. Y como no encontraba nada mejor que hacer mientras ella se dedicaba a mirarle, decidió buscar una definición a esa cara. Autosuficiente... no. Coléricamente reprimida. Ojos de loca, quizá. Soberbia, pero no del todo...
-¿No vas a decir nada?
Ahí estaba ella pidiendo explicaciones, haciéndose la enfadada, solo porque le gusta tener razón. No le gusta que le lleven la contraria, y a él tampoco. Los muros más resistentes no están hechos de ladrillo ni de hormigón, los verdaderamente difíciles de romper los componen los silencios, y ellos estaban armando uno a toda velocidad. bloque a bloque, una enorme presa amenazaba con terminar de separarles para siempre.
-No.
Y ahí estaba él, colocando el último componente de esa muralla que habría de cortar los hilos que durante años habían construido. Vendiendo los secretos de diez años a cambio de la satisfacción de la victoria.
Pero nunca hay ganadores cuando se quiebran los esófagos y, casi sin darse cuenta, comenzó a notar una enorme bola ascendiendo por el suyo, cortándole la respiración, cortándole las alas. Se dio la vuelta y comenzó a caminar mientras sentía sus ojos clavados en la nuca. Incrédula. Maternal. Decepcionada. Cabreada.
Y pasarán los días. Él seguirá desayunando en dos minutos y ella seguirá sin peinarse. Él se anudará la corbata mientras ella se queda dormida en la ducha. Él seguirá siendo demasiado orgulloso y ella, demasiado caprichosa. Él hará kilómetros de carretera mientras ella aún tiene los ojos clavados en su nuca, con esa cara que dice: "espero que esto no vaya en serio".


"La amistad es una nostalgia de caminatas y conversaciones sin rumbo, de cafés compartidos en mañanas laborales de holganza".

domingo, 16 de abril de 2017

Maldita oxitocina

Dicen que los sentimientos que experimentamos en el pecho son un reflejo de lo que realmente ocurre en nuestra cabeza. Que cuando nos enamoramos, olisqueamos y decidimos que las feromonas del otro nos molan. Que la oxitocina, o no sé qué hormona que no había oído en mi vida, se da un tour por el cerebro conectando neuronas hasta que nos creemos que todo es posible. Que cuando nos entristecemos con frecuencia y después nos ilusionamos, generamos una montaña rusa emocional a la que nos volvemos adictos. La oxitocina coge de la mano a la dopamina y se van de paseo por nuestro cerebro haciéndonos un lío que te mueres. Y que es muy difícil resistirse a eso.
Y la verdad, siempre me han gustado las montañas rusas. La emoción de la espera en la cola, el "me monto, no me monto", el buscar en mi padre, a mi lado, una figura que me asegure que todo va a salir bien... y acabar en esos noventa segundos de vertiginosa emoción y caídas libres. Pero las montañas rusas me gustan porque la travesía dura eso, noventa segundos. Si te montas en una que dura noventa días, tu dopamina se enchocha de la oxitocina, echan un revolcón de neurona en neurona, tu estabilidad emocional se va a paseo y acabas potando. Claro.



martes, 10 de noviembre de 2015

Stop repeating, please

No vas a darle la vuelta como un calcetín. No va a dejar sus vicios por ti, porque no vas a ser su nueva droga. Tampoco va a convertirse de rana a príncipe azul porque, amiga, esas cosas solo pasan en los cuentos. Porque los hombres que no llaman en dos meses no llaman arrepentidos a los cinco.
Y yo no quiero un príncipe-rana. No quiero una relación en la que tirarnos los trastos a la cabeza, y luego encogernos de hombros alegando que los opuestos se atraen.
Hemos perdido en algún lugar de las comedias románticas lo bello de lo sencillo, una mirada oculta detrás de una cortina de pelo, la caricia que interrumpe el ardor sexual y lo sustituye por una dulzura íntima. Se nos ha olvidado observar la risa de la persona que queremos.
Yo no quiero gritar en la cama pero también en la calle. Mi concepto de relación ideal puede discrepar con respecto a las historias de barbies, pero se acerca más a pasarme una tarde comiéndonos a besos y, justo después de atravesar la puerta de casa, desear fuertemente haberte dado solo uno más.

domingo, 31 de mayo de 2015

Panorámica instantanea

Pero, ¿cómo iba a saber ella de los reflejos de la luz en su cara? Es incapaz de apreciar esos tres millones y medio de matices que tienen sus ojos, todavía no ha descubierto que su mirada derrite glaciares y tiene la potencia de una hecatombe nuclear. Ella no comprende nada acerca de sus labios color grosella. Ignora que cuando se ríe, suena como música. Ella solo escucha risas. Ella solo escucha risas mientras él descubre nuevas maravillas de una orquesta sinfónica. Llegan al bar de la esquina.
Ella se sienta, se ríe, se ahueca el pelo, se enciende un cigarrillo. No sabe nada de esos ojos que acarician su piel y memorizan cada lunar de su cuello. No entiende que su piel es la nieve que congela los sentidos.
La mañana se desliza entre esos labios que añoran y aquellos que ríen, entre cañas de cerveza y mil historias pasadas por agua. Entre las manos caprichosas que ilustran sus historias y la desesperada nostalgia de una vida que nunca tuvieron. El cenicero está lleno, dos besos y un ya nos veremos. 
Pero, ¿cómo iba ella a saber de los suspiros que no escucha? Recoge el bolso y se marcha dejando atrás una vida vacía y un cenicero lleno.


domingo, 1 de febrero de 2015

"No hay mejor skyline que verte tumbada"

Era uno de sus juegos preferidos, entre suspiro y suspiro hablaban de los muchos viajes que harían, de las playas paradisíacas que visitarían y los souvenirs horteras que comprarían. Ya fuera trazando la ruta en la espalda desnuda de él con la punta del dedo índice, o dibujando un mapa de besos por todo el cuerpo de ella; soñaban con los rincones que descubrirían en La Paz, con su bar favorito de Nápoles, con las calles malditas de Barcelona. Se tumbaban boca arriba y ella levantaba el dedo hacia el techo para perfilar los contornos de las islas Phi Phi. Todo Madrid se les quedaba pequeño si lo comparaban con una hamaca en las Bahamas.
A veces, cerraban los ojos. En un instante, la habitación se difuminaba para dar paso a los paraísos que jamás conocerían. Y los cerraban más fuerte para que el sueño no muriese, y se acercaban para besarse y se golpeaban la nariz.
Y él le acariciaba el cuerpo, con parsimonia, deleitándose en cada centímetro de su perfil como una marea que sube y baja a ritmos constantes. Y en esas caricias suaves encontraban un mundo aún mejor que todos los destinos que les quedaban por descubrir.


miércoles, 26 de noviembre de 2014

Green eyes

Mientras se alejaba despacio –como temiendo hacer ruido- pensó que no podía decir que había compartido momentos con ella. Se imaginó de pie, en su funeral, delante de un montón de gente que iría a decirle adiós. Y ella no sabría qué decir.
En tantos años, sus recuerdos se basaban en destellos, escenas infantiles pasadas por agua, un castillo en la arena, un enfrentamiento pueril. Un paseo para andar al lado de una desconocida a la que miraba con tanto amor que de sus ojos podría encenderse una bengala. La confidencia escondida tras el humo del cigarrillo. Una risa en aquella comida familiar. Un viaje en coche en el que se había dormido, ¡cuánto lamentaba haberse dormido! Porque ella aspiraba con efusividad cada instante que pudiera acercarle más a esa extraña que la había visto crecer.
A veces, por la noche, acariciaba el gotelé de la pared, imaginando su cara dormida al otro lado. El pelo revuelto, las mejillas hinchadas. Los ojos cerrados acariciando un sueño profundo. A veces era sorprendida observando su perfil, las líneas perfectas que delimitaban su rostro y los dos estanques que le servían por ojos.
Le gustaba sentarse en el borde de la cama mientras la miraba maquillarse, preparándose para pasear su belleza sin límites por el mundo de los mortales. Entonces la bella desconocida podía susurrarle: “por favor, pásame la brocha. No, esa no, la que no rasca...”, y ella se la tendía, rápidamente para no ser la culpable de que se interrumpiera esa delicada danza de manos, pinturas y mechones de pelo.


"¡Mírate! ¿Y luego tienes miedo de que nos caigamos en la rutina?"

jueves, 18 de septiembre de 2014

Yo nunca miento por la mañana

Desde el momento que aprendí a querer, me enseñaron (la letra con sangre entra) que enamorarse significaba volverse endeble. Que tenía que ser más astuta y menos buena, que tenía que medir mis palabras y calcular la longitud de mis miradas. Me dijeron que mis armas de mujer me abrirían más puertas que un derroche absurdo de sentimientos. Porque, a fin de cuentas, los sentimientos no son más que un estorbo a la hora de conseguir lo que deseamos. Me metieron en la cabeza a base de martillazos que el estoicismo sería mi mejor aliado. Y yo, claro, yo me lo creí.
Y después de varios años repitiéndome esta lección como si fuera el catecismo, ¿cómo le explico yo a mi razón que a mi corazón no le apetece seguir sus razones? Cómo va a entender ella que me ría con solo recordar el reflejo de las farolas en tus ojos; o que veinticuatro horas al día, siete días a la semana me saben a poco. Porque todo me sabe a poco. Y es que no se puede entender que las yemas de tus dedos se hayan convertido en mi refugio favorito para las tardes frías.
Que mis sábanas gritan tu nombre en cuanto apago la luz, que mis manos lloran porque echan de menos tu piel y que no se me ocurre mejor plan para un viernes por la noche que dormir en el asiento trasero de tu coche. Que si se me atraganta un te quiero es porque es demasiado cierto, porque es tan cierto que me da miedo que al decirlo salte mi felicidad en mil pedazos como me tiene acostumbrada.
Y al calor de la sonrisa más bonita a este lado del Estrecho de Gibraltar, mi corazón le da razones a mi razón para que se calle, porque lo cierto es que nunca aprendí a querer.
Porque lo cierto es que cada día que pasa haces que me vuelva un poco más endeble.

martes, 8 de julio de 2014

Baile de gatos

De pronto, una mirada orgullosa le quitó el sitio a la apariencia despistada que lucía, al sentenciar -con un tono que revelaba lo ensayada que estaba la afirmación- que qué mejor sitio para estudiar que Madrid, donde se movía todo.
En un primer momento, la frase me rechinó. Entre otras cosas porque yo la había utilizado en otros términos. Algo así como "quiero irme de Madrid, a Nueva York, por ejemplo, que es donde se mueve todo".
Lo cierto, y este es un secreto que los capitalinos guardamos celosamente, es que en Madrid no se mueve nada más que la gente y los relojes. Y las agujas de los relojes, que se pasan la vida dando empujones a la gente para que se mueva más rápido. Aquí corre el tiempo y corren sus esclavos, empujándose unos a otros atontados como insectos guiados por el mechero de un niño. No se mueven las oportunidades, se mueve el dinero y se pasean los ideales; se exhibe el amor en cada esquina y las pequeñas rarezas de cada uno se muestran con un orgullo cegador. Y gira en el aire el descaro chulesco y los levantamientos de ceja; y bailan en la Gran Vía las ganas de comerse el mundo, y quien no se haya comido a besos en plena calle Alcalá no sabe lo que es sentir el giro vertiginoso de la ciudad a tu alrededor mientras tu te quedas muy quieto, en medio.
En Madrid todos jugamos a creernos que aquí se puede lograr todo, que aquí se mueve todo; pero somos nosotros los que bailamos al compás. Bailamos y conformamos esa marea de movimiento que atrae a los despistados y orgullosos provincianos.
Madrid es su gente. Por eso me gusta tanto.



-¿Cómo lo ves?
-Bien... pero no esperaba que te fuera a tocar tanto.
-No, ni yo tampoco...

martes, 17 de junio de 2014

Gira y gira.

Yo avanzo y tú retrocedes. Tú te acercas y yo me doy media vuelta. Y así, caprichosos como solo sabemos ser tú y yo, jugamos a bailar juntos esta polka rusa, jugamos a acercarnos y alejarnos continuamente como juegan el mar y la orilla. Como los polos opuestos de un imán que gira sin parar. Jamás juntos, jamás separados. Sin pensar que a lo mejor ha llegado el momento de detener el giro y mirarnos de frente, de asumir que ni con toda la dulzura de mis ojos ni con toda la ternura de tus gestos vamos a conseguir ponernos de acuerdo en qué vamos a bailar.
Y yo ya no quiero recorrer la ruta 66, no quiero observar el humo ascender hacia el cielo sin estrellas ni escuchar el sonido de tu voz en el vacío de la noche. No quiero, porque tengo miedo de no poder volver a encender un cigarro o bailar un vals sin acordarme de ti. Y de echarme a llorar cuando sienta otra mano en mi cintura. Y los días serán solo días. Y las noches, excusas para ahogarte en tequila.
Búscate con quién girar, porque yo ya no puedo más.

jueves, 5 de junio de 2014

Te perdí, me perdiste, nos perdimos

Te quise, me quisiste, nos quisimos.

De pronto, me di cuenta de que los juegos habían dejado de tener sentido. Ya no me importaba si no podía comprar el hotel President, y una entrada en el Paseo del Prado había dejado de quitarme el sueño. Ya no quería rebuscar estrategias que me permitieran verte como de casualidad, ya no me interesaba calcular las palabras ni medir los silencios. Ya no necesitaba que nos escribiéramos por turnos, no me apetecía adivinar si tus miradas eran sinceras o caras de póker.
Tiré las cartas boca arriba sobre el tapete para poder mirarte mejor, tú me observaste desconcertado con tus ases todavía en la manga, a buen recaudo. Apoyé los codos sobre la mesa y la cara sobre las manos, dibujé una sonrisa y me empeñé en pasar de buscar al asesino del Cluedo a buscar el reflejo de la luz en tus ojos.
Para mí, los juegos habían dejado de tener sentido, pero tú seguías convencido de la necesidad de devorar todas mis fichas de colores.

Te perdí, me perdiste, nos perdimos.


miércoles, 28 de mayo de 2014

I just wanna be free in this way.

-Recorrería tu cuello a besos con el único testigo de la Ruta 66, tallaría nueve letras en un pino desafortunado y me reiría de tu forma de hablar todos los días, descubriríamos cada centímetro del prado escocés y el calor del hielo islandés. Me abandonaría en la parte trasera de nuestra camioneta a aporrear la guitarra al son de tus silbidos, nos embarcaríamos rumbo a la Antártida con los ojos cerrados y las manos entrelazadas. Descubriría nuevos tonos en tu mirada entre calada y calada. Abrazaría cada secuoya de California y los encinos latinoamericanos me verían abrazarte. Y nos guardarían el secreto.
-¿Aprenderías a montar en bici por mí?
-Montaría en bici por el precipicio del Gran Cañón.
-Vaya. Pero casi mejor... vamos al Retiro...


lunes, 12 de mayo de 2014

Do you still think love is a laserquest?

Las uñas devoradas en la estación. La respiración agitada al atravesar la avenida. Los labios temblando en tu portal.
Tú te deshiciste en disculpas, yo me deshice en lágrimas y besos en tu cuello. Me apartaste el pelo de la cara sin separar tu boca de la mía durante más de medio segundo, me guiaste entre tus brazos escaleras arriba y con caricias y suspiros empujaste la puerta de tu habitación. El colchón protestó porque nos había echado de menos. El sol se coló sin preguntar y se posó sobre las líneas de tu espalda inventando nuevas rutas para el acariciar de las yemas de mis dedos. Tus manos se cerraron alrededor de mis rencores. Los ojos se me cerraron y se me abrieron los labios.


sábado, 12 de abril de 2014

Lluvias de abril

Jamás podría decir que fue un día cualquiera. 
Como si no existieran decenas de personas entre ellos, sus ojos se encontraron. Ella apartó la mirada al instante, no le había reconocido. Él la observó, con los brazos y la guardia baja, durante unos minutos. Tenía la misma cara de niña, quizá con los rasgos más afilados. La misma risa contagiosa y el mismo mirar asustado. Había desarrollado un coqueteo insospechado que se manifestaba en la forma de ahuecarse el pelo. Era la misma. Era completamente otra.
Él recogió la bolsa del suelo, maldiciendo su suerte. Mira que es grande Madrid. Pues ella tenía que volver a perturbar su tranquilidad, solo una vez más, a retorcerle el alma entre su amor y su odio. Subió al coche.
Jamás podría decir que fue un día cualquiera, hacía casi tres años y dos semanas que no pensaba en ella y esa sonrisa le obligó a recordar cada vez que fue él quien la hizo sonreír.
Siete horas después, ella se despertó sobresaltada. A su alrededor, la oscuridad de la noche. Se recostó de nuevo en la cama, tranquila. Sacudió la cabeza para alejar un recuerdo incómodo.
"TE ECHO DE MENOS. NOS ECHO DE MENOS."

miércoles, 26 de marzo de 2014

I heard the piledriver waltz, it woke me up this morning.

Las pobres baldosas blancas tenían que soportar un pisotón detrás de otro; porque ya se sabe que cuantos más pisotones das para acompasar tus gritos, más razón llevas. Javi daba vueltas de un lado a otro de la cocina como una bestia enjaulada. Yo llenaba el cubo de la fregona dándole golpes a todo lo que podía. Golpe al palo, tortazo al grifo, pisotón al armario donde guardábamos el jabón, gancho al fregadero.
- Mira, va a ser mejor que te vayas porque así lo único que vas a conseguir es que diga algo de lo que vaya a arrepentirme.
-¿Y el cine?
Le fulminé con la mirada. Y él me fulminó con su tristeza.
-Ah. No tienes cuerpo para cine...
-Lo mejor va a ser que te vayas a tu casa y yo me quede aquí. Para que reflexionemos.
Javi sacudió una idea que le rondaba la cabeza. Levantó la cabeza y me miró con esos ojitos tan dulces.
-¿Qué quieres que reflexionemos?
-Pues sobre la solución a estas broncas. O sobre si sigue mereciendo la pena que las solucionemos.
Javi me miró fijo, pero ya no quedaba dulzura en su mirar. En todo Arturo Soria se escuchó el sonido del portazo, y su eco resonó en mi corazón durante semanas. Y en mis sueños.

sábado, 22 de marzo de 2014

Cualquiera llorará más que tú.

Entonces me di cuenta de que todos los gestos se habían pasado por agua. De que los miércoles ya no miraba a cada esquina y tus palabras ya no sabían a punzadas. De que las miradas se han convertido en pólvora mojada.
Te observé al hablar, tu sonrisa parecía la misma de siempre, pero no lo era. No lo era. Me miras de soslayo, pero de repente me resbala tu actitud.
Entonces me di cuenta de que el tiempo hace mella en la piel, que el silencio crea espacios entre los paréntesis, que tú y yo estamos estancados en algún punto entre los dos corchetes y que ya es hora de cerrar la frase.


Sí, me da miedo mi actitud.-

miércoles, 19 de marzo de 2014

Mañana, cuando amanezca

Y me pasaré una semana mordiéndome las uñas en la estación de trenes, me obligarás a arrancarte un beso el cuarenta de mayo y a llorar sin lágrimas encima de tu sudadera. Te pones encima. Desaparecerás como desaparece el frío del invierno aquí en Madrid, de sopetón, sin avisar y sin dar tiempo a buscar cobijo. Te acercas a mi cuello. Me acostumbrarás a tu olor hasta que no me quede otra que echarte de menos, conseguirás que mi temor desmenuce tus miradas, llegaré a escribir tu nombre en mi cuaderno. Entrelazamos los dedos. Hoy todo parece fácil, pero mañana cuando amanezca estaré perdida en algún lugar entre tus manos y tus ojos oscuros. Mañana, cuando amanezca, ya no podré encontrar el camino de vuelta. Mañana, cuando amanezca...
Y te aparto, y salgo de tu cama, y me miras, y me largo, porque las niñas listas prefieren corazones congelados al riesgo de sangrar.


¿Y si no quiero ser una niña lista?