domingo, 12 de mayo de 2013

Destroza cada uno de los pétalos del ramo de flores.

Y cuando alcemos los brazos,
cuando extendamos las alas,
comprenderemos lo doloroso del caer.

Y cuando los pájaros alcen el vuelo
no mirarán atrás,
no temerán la inmensidad pálida del cielo de verano,
no tendrán miedo
porque estaremos nosotros acompañándolos.
Tú y yo.
Ya no hay miedos.

Pero cuando en mis ojos se extinga el verdor,
cuando mi mirada quede vacía de luz,
solo entonces comprenderemos cuánto araña el terciopelo.

Cuando los abrazos se congelen
y los besos sobren,
nos apretaremos en el juego de otra realidad.

Cuando comprendamos lo ajeno de nuestra forma de entender,
nos miraremos desde lejos.
Y temblaremos, temblaremos.


El valor para marcharse, el miedo a llegar.

jueves, 9 de mayo de 2013

Que a mí también me da miedo.

Qué ojitos, pero qué ojitos; qué ricura, pero qué ricura, eres una jodida locura, y cuando te ríes y me dices que te asusta lo que nos está pasando, y cuando me sonríes porque esto se nos está yendo de las manos, y no nos importa haber perdido de vista el horizonte de nuestras vidas porque total, no nos ha traído más que problemas, y es que qué sonrisita de circunstancias te sacas de la manga, y encima después te ríes, te ríes con cuidado para ver si comparto tu risa; y cuando me dices que tienes miedo, cuando me dices que te doy miedo, no puedo evitar reírme, y me río y tú te enfadas, pero cómo voy a tomarte en serio si tu boca es mi sustento, no me mires así, tú eres el único capaz de encender la luz, enciéndela ahora, por favor, por favor, por favor... 
Enciende la luz, que se vayan las sombras.


<¡Por fin! ¡Por fin! ¡Por fin te das cuenta!¡A esta ronda invito yo!
+ Nunca hay que perder de vista el decoro...

miércoles, 1 de mayo de 2013

I stole her heart away, and put ice in its place.

La puerta estaba abierta, esperándole. La cerró a sus espaldas y no pudo evitar sorprenderse ante la lobreguez de la sala. Las sombras jugaban  a hacerse las encontradizas con una profunda humareda, olía a cigarrillo y a tiempo consumidos. Adivinó la colilla encendida apoyada contra el marco de la puerta, levantó una mano en señal de saludo. Recibió una sonrisa rota por toda respuesta. Ella apagó el cigarrillo que sostenía inclinándose sinuosa sobre la mesa de café. Él la observó incorporarse y ella le taladró con la mirada. Cuánto tiempo. Desde luego. La quietud se adueña de la sala durante dos minutos. Ella enciende otro cigarrillo y se recuesta elegantemente en el sillón. Ahora está amparada por la neblina pegajosa de su distancia. Pero no puede ser, no, él no puede entenderlo, no entiende qué ha podido pasar en ese tiempo para que se apague la luz de sus ojos y todas las femme fatale del mundo se hayan aglutinado en ese asqueroso sofá.