domingo, 31 de mayo de 2015

Panorámica instantanea

Pero, ¿cómo iba a saber ella de los reflejos de la luz en su cara? Es incapaz de apreciar esos tres millones y medio de matices que tienen sus ojos, todavía no ha descubierto que su mirada derrite glaciares y tiene la potencia de una hecatombe nuclear. Ella no comprende nada acerca de sus labios color grosella. Ignora que cuando se ríe, suena como música. Ella solo escucha risas. Ella solo escucha risas mientras él descubre nuevas maravillas de una orquesta sinfónica. Llegan al bar de la esquina.
Ella se sienta, se ríe, se ahueca el pelo, se enciende un cigarrillo. No sabe nada de esos ojos que acarician su piel y memorizan cada lunar de su cuello. No entiende que su piel es la nieve que congela los sentidos.
La mañana se desliza entre esos labios que añoran y aquellos que ríen, entre cañas de cerveza y mil historias pasadas por agua. Entre las manos caprichosas que ilustran sus historias y la desesperada nostalgia de una vida que nunca tuvieron. El cenicero está lleno, dos besos y un ya nos veremos. 
Pero, ¿cómo iba ella a saber de los suspiros que no escucha? Recoge el bolso y se marcha dejando atrás una vida vacía y un cenicero lleno.


domingo, 1 de febrero de 2015

"No hay mejor skyline que verte tumbada"

Era uno de sus juegos preferidos, entre suspiro y suspiro hablaban de los muchos viajes que harían, de las playas paradisíacas que visitarían y los souvenirs horteras que comprarían. Ya fuera trazando la ruta en la espalda desnuda de él con la punta del dedo índice, o dibujando un mapa de besos por todo el cuerpo de ella; soñaban con los rincones que descubrirían en La Paz, con su bar favorito de Nápoles, con las calles malditas de Barcelona. Se tumbaban boca arriba y ella levantaba el dedo hacia el techo para perfilar los contornos de las islas Phi Phi. Todo Madrid se les quedaba pequeño si lo comparaban con una hamaca en las Bahamas.
A veces, cerraban los ojos. En un instante, la habitación se difuminaba para dar paso a los paraísos que jamás conocerían. Y los cerraban más fuerte para que el sueño no muriese, y se acercaban para besarse y se golpeaban la nariz.
Y él le acariciaba el cuerpo, con parsimonia, deleitándose en cada centímetro de su perfil como una marea que sube y baja a ritmos constantes. Y en esas caricias suaves encontraban un mundo aún mejor que todos los destinos que les quedaban por descubrir.


miércoles, 26 de noviembre de 2014

Green eyes

Mientras se alejaba despacio –como temiendo hacer ruido- pensó que no podía decir que había compartido momentos con ella. Se imaginó de pie, en su funeral, delante de un montón de gente que iría a decirle adiós. Y ella no sabría qué decir.
En tantos años, sus recuerdos se basaban en destellos, escenas infantiles pasadas por agua, un castillo en la arena, un enfrentamiento pueril. Un paseo para andar al lado de una desconocida a la que miraba con tanto amor que de sus ojos podría encenderse una bengala. La confidencia escondida tras el humo del cigarrillo. Una risa en aquella comida familiar. Un viaje en coche en el que se había dormido, ¡cuánto lamentaba haberse dormido! Porque ella aspiraba con efusividad cada instante que pudiera acercarle más a esa extraña que la había visto crecer.
A veces, por la noche, acariciaba el gotelé de la pared, imaginando su cara dormida al otro lado. El pelo revuelto, las mejillas hinchadas. Los ojos cerrados acariciando un sueño profundo. A veces era sorprendida observando su perfil, las líneas perfectas que delimitaban su rostro y los dos estanques que le servían por ojos.
Le gustaba sentarse en el borde de la cama mientras la miraba maquillarse, preparándose para pasear su belleza sin límites por el mundo de los mortales. Entonces la bella desconocida podía susurrarle: “por favor, pásame la brocha. No, esa no, la que no rasca...”, y ella se la tendía, rápidamente para no ser la culpable de que se interrumpiera esa delicada danza de manos, pinturas y mechones de pelo.


"¡Mírate! ¿Y luego tienes miedo de que nos caigamos en la rutina?"